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El mendigo tiene derecho a crecer

10. 11. 2022

Columna de Miguel Palomino, presidente del IPE, publicada en La República.

¿Cómo crece un país o, mejor dicho, cómo mejora el nivel de vida de sus ciudadanos? Pues en términos muy sencillos, invirtiendo. Casi todo el mundo ha invertido alguna vez, aún siendo muy pobre.

Probablemente la forma más común de invertir sea en la educación de los hijos. Esto es más claro aún cuando consideramos que los hijos podrían estar trabajando en lugar de estudiando. Educar a nuestros hijos representa una costosa inversión en su futuro, aunque no nos costara nada el educarlos. Es por ello que uno de los más grandes fracasos del Estado es su incapacidad de garantizar una educación de calidad (no estamos pidiendo milagros) a quien la necesite. Eso dice nuestra Constitución en su artículo 16. Este problema, por supuesto, antecede largamente a Pedro Castillo. Es su condición de profesor y su ausencia de voluntad de hacer nada por mejorar la situación de la educación lo que, como diría uno de sus exministros, “pica el ojo e hinca el hígado”.

Todos hemos escuchado el dicho, atribuido a Antonio Raimondi, de que el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro. Al decir esto Raimondi por supuesto no se refería a que los peruanos fuésemos mendigos y menos aún que estuviéramos sentados sobre un banco de oro literalmente. Era una referencia al hecho de que los peruanos no sabíamos aprovechar nuestras oportunidades.

Tenemos una gran riqueza potencial que necesita ser desarrollada para beneficio de todos y no lo haremos precisamente sentados, sino poniéndonos a actuar. Para desarrollar esa riqueza potencial necesitaremos invertir, de modo que se vaya agrandando el tamaño de la torta y así progresen nuestros hijos y nietos.

¿En qué invertir? ¡Pues en casi todo! En educación, en agricultura, en minería, en industria, en pesca, en salud, en servicios de todo tipo. Es la única manera en que podemos mejorar nuestra condición material. Sin embargo pareciera que los peruanos no nos podemos poner de acuerdo para invertir.

Basta con revisar las cifras para llegar a esta conclusión. Comencemos con las cifras históricas. Entre el 2004 y el 2013, la inversión privada creció en promedio 14% y la producción creció, en promedio, 6.4%. Del 2014 al 2019, la inversión privada mostró un ligero decrecimiento en promedio y como consecuencia el crecimiento se redujo a menos de la mitad, 3.1% en promedio.

Vino después el periodo de pandemia y de postpandemia y ahora cuando pensábamos que ya el crecimiento habría vuelto a la “normalidad” nos damos con la dura realidad de que las cifras de inversión privada para el tercer trimestre van, casi con seguridad, a ser negativas. Esto no ocurría desde el tercer trimestre del 2020, es decir, desde la pandemia.

Las expectativas respecto a la economía a tres meses, que el Banco Central viene midiendo con encuestas desde principios del siglo, han sido negativas por 18 meses consecutivos. ¡Esto nunca antes había ocurrido! Las empresas esperan que la situación empeore en el corto plazo. Todas estas estadísticas nos están gritando en la cara que esto no puede seguir así sin que la inversión se derrumbe y el Perú se condene a no progresar.

Necesitamos la inversión privada para crecer y esta no está principalmente compuesta de grandes proyectos mineros, de infraestructura o agroindustriales. Está compuesta principalmente por las innumerables inversiones en construcción y mejoramiento de casas y en pequeños negocios de todo tipo, negocios con los que buscan prosperar y salir adelante cientos de miles de personas.

Por supuesto que también resultan igualmente valiosas las grandes inversiones, pero que quede claro que cualquier decisión de inversión depende de tener una perspectiva de un futuro mejor. Eso es lo que estamos perdiendo entre tanta corrupción, ineficiencia y destrucción de instituciones democráticas.

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