El Mercado más lento

19 de noviembre del 2020
El Comercio

Columna de Diego Macera, Gerente del IPE, publicada en El Comercio.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) reconoce a 193 países en el mundo. En proyecciones recientes, la institución colocó al Perú en el puesto 13 entre las naciones cuyo PBI caería más este año. Si excluimos a microeconomías como Belice o Aruba, el Perú sube al puesto tres. Los dos primeros lugares de la tabla ajustada son para Libia, que enfrenta una guerra civil desde el 2014, y Venezuela, que mantiene un descalabro económico absoluto desde el mismo año. Así, para ser un país sin previa coyuntura económica difícil y con buena posición macroeconómica, al Perú le fue increíblemente mal.

El colapso económico del segundo trimestre explica buena parte de este resultado, y no se puede borrar. En los últimos meses, sin embargo, el país ha venido recuperando algo de terreno. La contracción del PBI en setiembre (-6,95%), en comparación con setiembre pasado, pone ya al Perú en un nivel similar o incluso mejor que varios de sus pares regionales. No se trata de aplicar el popular “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero sí de tener un punto de referencia válido contra el cual medirse.

La trayectoria económica de los últimos meses, no obstante, es menos satisfactoria para el mercado laboral. En el caso de Lima, en el trimestre agosto-setiembre-octubre, la población ocupada disminuyó 21,5%, lo que equivale a poco más de un millón de personas, cuando se compara con el mismo período el año anterior. Al profundizar en esta cifra, los números se ponen peores. No solo la población más vulnerable fue la que vio el mayor impacto en su disponibilidad de empleo, sino que el empleo adecuado cayó en 44,7%, o 1,43 millones de personas. Entre aquellos que solían estar adecuadamente empleados, varios pasaron al subempleo –típicamente informal–, otros al desempleo, y otros se retiraron del mercado laboral (ni trabajan ni buscan trabajo). Por si pasase desapercibido en medio de todo el vendaval, vale la pena dedicar, aunque sea algunos segundos, a reflexionar sobre las consecuencias de reducir el número de personas adecuadamente empleadas en la ciudad capital a casi la mitad.

La principal preocupación hoy es que estas cifras no muestran una mejora rápida. Las estadísticas presentadas pertenecen, como se mencionó, al trimestre que culmina en octubre. Es decir, no son el pico de la crisis; son parte de la recuperación económica más reciente. En el trimestre que cerró agosto, la caída en el número de empleos adecuados era de 47,1%, una diferencia de menos de 3 puntos porcentuales con el resultado disponible más reciente.

Como era previsible, la mejoría del mercado laboral está yendo a un ritmo distinto de la recuperación económica medida en términos de producción. De continuar el lento despertar del trabajo, se pondrá un límite rápido al rebote. No solo es esta una preocupación social de máximo nivel (obviamente, la gran mayoría de familias depende del trabajo de sus miembros), sino un determinante para que el resto de negocios pueda volver a sus niveles de venta regulares. Si las personas reciben menores sueldos, o incluso perciben que están en riesgo de perder ingresos, gastan menos. A nivel nacional, se ha perdido uno de cada tres soles que se recibían antes por trabajo, y eso tiene enormes consecuencias para las empresas que dependen directamente o indirectamente del consumo de las familias –es decir, casi todas–.

Crear más empleo adecuado no es tarea fácil, aunque tampoco es una ciencia desconocida. Líneas de crédito adicionales y subsidios a la planilla, como se ha planteado hasta ahora, pueden ayudar mientras dura la emergencia. Pero lo realmente fundamental en los siguientes meses es reactivar la confianza y la inversión. Conforme avance el próximo año, el enfoque deberá ir girando de políticas paliativas –bonos, subsidios y demás, propios de una crisis–, a políticas de reconstrucción del tejido laboral y empresarial. Y mientras antes empiece ese cambio de perspectiva, tanto mejor.

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