El ocaso del gigante

10 de febrero de 2015

Roberto Abusada Salah

El Comercio

Los graves problemas que enfrenta Brasil.

“El economista y el rey de Belindia: una fábula para tecnócratas”. Tal es el nombre con el que el economista brasileño Edmar Bacha publicó en 1974 una influyente crítica a las políticas económicas del gobierno militar de entonces en una alegoría de Brasil: un país que había logrado una industrialización a base del modelo de sustituir importaciones en medio de alta protección y subsidios dirigidos por el Estado, y que seguía siendo pobre y desigual, donde una pequeña parte de la población tenía ingresos similares a los de Bélgica, mientras la mayoría conservaba un nivel de vida indio. Bacha ya no llamaría hoy Belindia a Brasil.

Él fue el padre, en 1994, del exitoso Plan Real, impuesto por el entonces ministro de Hacienda Fernando Henrique Cardoso (FHC), que acabó con la hiperinflación (2.450% en 1993). FHC luego sería elegido presidente por dos períodos consecutivos en los que se realizaron importantes reformas que permitirían alcanzar un auge económico extraordinario.

Sin embargo, luego de 12 años en el poder del Partido de los Trabajadores (PT), todo ese auge ha llegado a su fin y los problemas de desigualdad siguen siendo una preocupación. Ahora Bacha piensa que es más apropiado para caracterizar a Brasil el término Inghana, acuñado por otro economista, Delfim Netto: impuestos de Inglaterra y servicios públicos de Ghana.

Luiz Inácio Lula da Silva, el sindicalista de izquierda sucesor de FHC, tuvo que cambiar su discurso radical y moverse hacia el centro para ganar las elecciones en el 2002, prometiendo austeridad y estabilidad. Mas hizo poco o nada para continuar las reformas luego de que en el 2005 un escándalo de compra de votos a congresistas (conocido como ‘mensalão’), a cambio de pagos mensuales, generara tal inestabilidad política que por poco acaba con su gobierno.

Reelegido para un segundo mandato, luego de derrotar en segunda vuelta a Geraldo Alckmin, Lula retoma las políticas populistas unidas esta vez con una mayor tolerancia a la corrupción, ligada a las relaciones entre empresas públicas, compañías privadas y el partido de gobierno.

La presidenta Dilma Rousseff es la continuadora de la línea populista del segundo gobierno de Lula, solo que en su versión más desembozada. Ahora, luego de su reciente victoria por estrechísimo margen ante Aécio Neves, debe enfrentar una situación económica creada por ella misma: inflación por encima del 7%, una deuda equivalente al 63% del PBI y una economía totalmente estancada. La inflación deberá ser contenida con un probable aumento en la tasa de interés, lo cual afectará la exigua tasa de inversión del país que se sitúa en un 17% del PBI. Ahora, ante el peligro de perder su calificación crediticia de “grado de inversión”, Brasil debe convencer a sus acreedores de que puede contener su enorme déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, y que puede producir un superávit fiscal primario (antes de atender el pago de intereses) equivalente al 1,2% del PBI este año y 2% el 2016.

Resulta irónico que en su segundo mandato Dilma deba enfrentar el desastre económico y político que ella misma ha construido. Propone un programa de ajuste ortodoxo y, para ello, ha nombrado como ministro de Hacienda al reconocido economista Joaquim Levy, ex funcionario del FMI con doctorado en Economía de la Universidad de Chicago. Pero Levy tiene muy pocos aliados y muchos enemigos dentro del mismo PT. Armínio Fraga, presidente del Banco Central en el gobierno de FHC, dice: “Levy es una isla en un mar de mediocridad” y considera que los problemas del Gobierno Brasileño hoy son la incompetencia, la ideología y la corrupción. Desafortunadamente, el necesario ajuste conspira contra el crecimiento y el empleo. Los mercados esperan cero crecimiento para este año donde la economía confronta además una crisis hídrica y el consecuente posible racionamiento de energía.

Al mismo tiempo, Dilma no pierde sus destructivas inclinaciones políticas. El viernes nombró como nuevo presidente de Petrobras a Aldemir Bendine, ex presidente del Banco do Brasil y hombre cercano al PT. Bendine fue elegido con la oposición de los directores independientes, y con la sospecha de que con este nombramiento se busca blindar al partido de gobierno en el megaescándalo de corrupción de Petrobras. El anuncio resultó en un nuevo desplome de las acciones de la empresa.

 

10-02-2015 – El ocaso del gigante – Roberto Abusada – El Comercio

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