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El Perú va a rebotar

24 de septiembre del 2020
El Comercio

Columna de Diego Macera, Gerente del IPE, publicada en El Comercio.

Esta es una afirmación necesaria. El país, tarde o temprano, regresará a los niveles de producción y empleo anteriores a las crisis. La pregunta es si el proceso tomará dos años, tres, o diez. No hay manera de ocultar lo devastadores que han sido los últimos meses para la economía nacional. Con una contracción de 30,2% en el segundo trimestre, el Perú usualmente lidera los rankings mundiales de reducción del PBI. No obstante, también hay espacio para un moderado optimismo en el mediano plazo, siempre y cuando la situación sanitaria lo permita y el Perú no se tropiece antes consigo mismo.

En primer lugar, vale destacar que –a pesar del inevitable deterioro de las cuentas fiscales–, el Perú muy posiblemente se mantenga como uno de los países macroeconómicamente más sólidos de la región. Aunque a veces ninguneada, esta ha sido quizá la fortaleza principal del país en las últimas décadas e ingrediente indispensable en su receta del crecimiento. Pero la solidez macroeconómica no es derecho divino ya adquirido; hay una disciplina detrás que se pone en riesgo cada vez que promovemos gasto público innecesario, aprobamos leyes antitécnicas, o pecamos de exceso de optimismo en las proyecciones fiscales.

En segundo lugar, la fuerza laboral del país tiene dos características que le pueden imprimir una velocidad adicional a la de otros. La primera es su relativa juventud, profundizada además con la migración venezolana. Este bono demográfico durará una década más. La segunda característica, aunque suene paradójico, es la baja productividad relativa de muchos sectores, sobre todo el agropecuario. Políticas mínimamente efectivas de adopción de tecnología básica, acceso a crédito y conexión de mercados pueden duplicar en un periodo relativamente corto la productividad de millones de trabajadores. En el agro, donde laboran casi 4 millones de peruanos, la productividad promedio por trabajador es la mitad que la de Colombia; el techo está muy alto. En otras palabras, es más difícil crecer cuando se está arriba que cuando se parte de abajo.

En tercer lugar, el tejido empresarial, aunque resentido, se repondrá. A diferencia de las consecuencias de un gran terremoto, o de una crisis macerada en años de populismo y nacida de las entrañas de un sistema económico disfuncional –como a finales de los años ochenta–, nuestro potencial productivo a grandes rasgos sigue ahí. Algunos sectores tendrán que reinventarse. Empresarios y trabajadores de rubros como alojamiento o entretenimiento deberán desinvertir y recolocarse. Este es un proceso doloroso pero inevitable, y las políticas públicas deben acompañar a que sea más fácil, no impedirlo. Felizmente, el Perú goza de un sector financiero saludable que será un aliado en las transiciones. Ponerle zancadillas, como se pretende desde el Congreso, es suicidio en tiempos de crisis.

Finalmente, los cimientos del sistema económico que nos permitieron salir del agujero de finales de los ochenta, mal que bien, se sostienen. Ante los embates populistas, nuestra capacidad de mantener el respeto por las reglas de juego, el rol del Estado en la economía bien definido, la apertura comercial, el fomento de la competencia, las libertades económicas, entre otros pilares clave, será lo que realmente determinará la trayectoria de largo plazo de la economía nacional. En el camino, por supuesto, hay muchas tuercas que ir ajustando seriamente. La informalidad, causa y consecuencia de la baja productividad, es quizá la más visible.

Esta es una crisis de dimensiones descomunales, no hay forma de matizarlo, pero pasará. A pesar del golpe y de todos los errores cometidos hasta ahora, el Perú –a diferencia de ocasiones anteriores– tiene todavía las armas indicadas para salir adelante en un tiempo relativamente corto. Depende de nosotros no tirarlas por la borda. Mañana puede ser demasiado tarde.

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