La convulsión chilena

31 de octubre del 2019
El Comercio

Columna de Roberto Abusada, presidente del Instituto Peruano de Economía.

Nadie lo anticipó, y sin embargo la protesta violenta estalló en la democracia más estable y rica de América Latina. Más sorprendente ha sido la enorme y pacífica protesta social.

En los últimos días han surgido decenas de explicaciones a lo sucedido. Muchas de ellas razonables mientras que otras, ‘jalando agua para su molino’, aprovechan la protesta social para descalificar los impresionantes logros económicos y sociales de Chile. Claro, es muy fácil comparar una realidad concreta (con todos sus defectos) con la utopía comunista inalcanzada que trata de vender la izquierda arcaica. Creo, sin embargo, que el fenómeno tiene muchas causas, y larvadas por largo tiempo.

El detonante fue sin duda una pequeña alza en la tarifa del metro de Santiago seguida por un llamado a evadir masivamente el pago, lo que motivó el caos y la suspensión del servicio. La simultaneidad de los incendios en estaciones del metro y edificios corporativos que siguieron apunta sin duda a una organización previa a cargo de grupos anarquistas que, muchos ya presumen, fueron ayudados por elementos extranjeros. Los saqueos y pillajes posteriores fueron desatados por el lumpen que fácilmente se desboca en estas circunstancias. Más difícil, en cambio, es explicar las razones detrás de las masivas y pacíficas protestas que siguieron a la violencia y destrucción.

Chile en los últimos años 30 años ha vivido un progreso económico y social sin precedentes. La pobreza disminuyó del 30% a menos del 10% de la población y se creó una vigorosa clase media. Subsiste un nivel de desigualdad importante, pero que ha estado disminuyendo consistentemente y es menor que el existente en países como Brasil, Colombia e incluso México. Sin embargo, en Chile es frecuente comparar datos de desigualdad con los existente en los países de la OCDE, organización a la que Chile logró ingresar, pero cuyos países miembros (excepto México) poseen un nivel de desarrollo mucho más elevado. Lo cierto es que en Chile existe una revolución de expectativas alimentada por un sentimiento de que el bienestar actual no se condice con la pregonada y falsa pretensión de ser país a punto de alcanzar el estatus de plenamente desarrollado. Esto ha generado una clase media estresada y descontenta. Dentro de los estratos más bajos de esa clase media se ha instaurado la sensación de que el progreso se les es negado porque las oportunidades de movilidad social son inexistentes. Peor aún con la caída del crecimiento en los últimos años, y a pesar del relativamente bajo desempleo y salarios que aún crecen por encima de la inflación, el desaliento se ha exacerbado.

Varios esquemas innovativos de libre mercado para atender necesidades en la salud, la educación y las pensiones introducidos durante el régimen de Augusto Pinochet y mantenidos durante la democracia son duramente criticados; en algunos casos por fallas de diseño y en otros casos, como el del sistema privado de pensiones, debido principalmente por las bajas pensiones, a su vez producto de deficiencias en el tiempo y la magnitud de los aportes. En todo caso, los chilenos en las clases menos favorecidas muestran gran insatisfacción y culpan a ‘las élites dominantes’, al ‘modelo económico’, ‘los políticos’ o ‘la derecha’. La izquierda quiere ahora sacar irresponsablemente réditos de la situación, sin mencionar que durante 24 de los últimos 30 años Chile ha sido gobernada por la centroizquierda. Y que en Chile gran parte de los problemas en salud, educación, infraestructura y también en la falta de regulación del sector privado son problemas del Estado y no del esquema de desarrollo.

Durante las protestas, los símbolos de los partidos políticos han estado totalmente ausentes, mientras que se veían emblemas y pancartas de grupos mapuches, ambientalistas, feministas, y hasta del fútbol, algo que apunta directamente a un problema subyacente de desafección y desconexión con la clase política. Las reacciones iniciales del presidente Sebastián Piñera torpemente hablando de guerra, y luego, los también torpes llamados de la ministra de Transportes y el ministro de Economía sugiriendo a la gente a madrugar y así aprovechar las tarifas más bajas del metro revelan una reiterada y permanente actitud distante y carente de empatía de los gobernantes con la población.

Chile puede y debe mejorar muchos aspectos de su conducción económica y social, pero permanece incólume un hecho incontrastable: el Estado Chileno en los últimos 30 años ha llevado al país al nivel de progreso económico y social más alto de su historia. El Estado Chileno tiene hoy el talento y los recursos para ser más solidario. Creo que usando ese talento, gastando más pero con eficacia esos recursos, y mostrando mayor empatía, Chile se convertirá más temprano que tarde en el primer país de Latinoamérica que logre el pleno desarrollo.
 
2019-10-31 - La convulsión chilena - Roberto Abusada - El Comercio

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